En cuanto puede se me escapa
Del aire cuelgan mis suspiros... y es
así de simple, así de grande
es algo que...no consigo no querer
Y no me cabe mas paciencia
estoy cansado de morderme el corazón, no puedo mas
si es el destino que me rompa a estas alturas,
que me parta de una vez
A las cinco y media de la tarde sonó el celular y corrí. Los pasos se hacían interminables, parece que este chico me gusto mucho o estoy muy solo por la vida; me quiero quedar con la primera alternativa, es más factible. Llegué al timbre aquél que me llamaba desesperadamente. En el visor: Angela, mi ex compañera de la Universidad, traía un panorama nocturno. A eso de las doce y media pasaron por mí y con el desánimo que me representaba en el vestir y la cara, salí raudo a ponerme a tono con la situación. No podía quedarme otra vez esperando a que sonara el celular. Hay una observación que ya había hecho al respecto: “vamos l-e-n-t-o-s”. No hay de que alterarse. Saqué ánimos y salí, me fui raudo con ella y su novio Héctor, mi pareja hétero del momento (Que yo presenté. Lo que me sitúa como una especia de cupido que le sirve a todos menos a sí mismo…) a una fiesta electrónica privada en Santa Isabel.
Una hora y media después quería irme. Algo estaba mal, no era mi sombrero de Santiago del Valle ni la gente a mi lado. El alcohol me estaba haciendo sentir pésimo y no soportaba el humo del cigarro. ¿Estaba volviéndome viejo en una hora de fiesta?. No podía ser. Nos fuimos. En mi departamento seguimos con unas copas de vino blanco bailando solos. La mañana siguiente no me podía el cuerpo y me sentía aún más fatal. No me levanté de la cama sino para ver a Anita María, y pedalear las bicicletas en la tarde. Junto a un jugo de frambuesas y tras contarle todo lo que pasaba con el chico - Sicólogo que me tiene mal de la cabeza, decidí que al día siguiente debía ver un médico.
En casa a eso de las cinco de la mañana suena el celular, y al contestar dormido escuché su voz. Tartamudez total, ineptitud de enunciar palabras, el sueño, un plop! haría Condorito. Era él. La noche lo llevó a marcar (cosa que dijo jamás hacía) y que no podía dormir aún, que se acordó de mi y nada, lo demás lo corté con un par de frases que no recuerdo bien. Esa misma mañana una hora después cuando me levantaba sintiéndome aún peor recordé la llamada, me miré al espejo del baño y resolví pensar que había sido un sueño, aunque no hay peor mentiroso que el que no “se” sabe mentir…
A las cinco de la tarde volvió a llamar y yo estaba desvanecido en el sofá. En veinte minutos apareció en mi citófono diciendo que había llegado. Al abrir la puerta me abrazó, me dijo que él ya estaba mejor y que ahora había que preocuparse de mí. Camino al médico llegó a mis manos con un chocolate caliente y un par de besos en el cuello. Uf! Si tan solo no me sintiera tan mal… en la consulta lo quise ver mejor, más de cerca, sin la distancia que provoca el ser tan incrédulo y desconfiado. Y me gusta; sí, me doy cuenta que me gusta mirarlo. La nada que le conozco me gusta y, mientras escucho mi nombre por altoparlante para pasar al médico, siento una necesidad enorme de saberlo todo con respecto a él.
Ya en cama y con una licencia por ocho días, no tenía algo más que preocuparme sino en reposar. Desde que vivía en Concepción que no iba a la Fuente Alemana por un buen sándwich, desde el siglo pasado no me invitaban a "un algo" y desde hace mucho tiempo no me pasaban estas cosas. ¿Seré capaz de soportar una hepatitis y un mes en cama?, no se; mientras tanto lo único que me hace sonreír al dormir es que mañana lo volveré a ver.
2 comentarios:
ay mario pero que romantico.
voy a esperar los siguientes capitulos a ver cual es la resolucion de la historia de amor :B
por que no te mejoras y te vuelves mejor ;p porque aca haces mas falta
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